Es inaudito. El otro día estaba tranquilamente sentado en mi sofá, cuando mi hijo pidió ver unos dibujos animados. Doy al mando y la televisión no funciona. Lo primero que se te pasa por la cabeza es golpearla con la esperanza de que los pequeños duendes que viven allí dentro despierten y se pongan a trabajar. Pero no, seguía sin funcionar. Después de un buen rato de mirar si las conexiones al enchufe, al disco duro, etc estaban perfectas, me di por vencido. Decidí entonces, llamar a un servicio técnico de la marca de la televisión. No sin antes, calmar los espasmos obsesivos de mi hijo al saber que ese día no era probable que viese el capítulo de Doraemon. Y, cuando consigo que me atiendan al teléfono, la señorita que me habla me comenta si sé que le pasa al televisor. Digo yo que si lo supiese, me ganaría la vida con ello. No, no señorita, digo, la tele no se ha encendido al darle al botón... no no señorita, no hemos notado ruido o fogonazo televisivo alguno. Entonces, muy amable eso sí, me propone que un técnico vendrá a mi casa para ver qué le pasa al aparato y si tiene arreglo, avisándome primero que la visita cuesta 20 euros. Acepto, después de comprobar que era un servicio técnico de electrodomésticos y no una clínica de cirugía plástica. Al día siguiente llegaron dos amables caballeros que, si ni siquiera mirar la televisión, y después de comprobar que el ser dos no era doblar la factura de la visita, se la llevaron con el propósito de cambiarle el chip de no se qué o el motor de arranque. Que para el caso y mis conocimientos de electrónica es lo mismo. Después de una larga semana sin televisión donde ver dibujos animados a todas horas, me devolvieron el televisor funcionando correctamente. Eso sí el montante total de la factura era de 150 euros.
El mismo día del renacer de mi televisión, comento con varios amigos el suceso y me duelo del dinero pagado por el arreglo. Mi narración del tema se vio interrumpida cuando, en el ardor de mi charla, observo las caras de sorpresa de mis contertulios. Sorpresa que debo decir, a mí me pareció cachondeo y guasa. ¿Se puede saber por qué me miran así? Pregunta a todas luces demasiado inocente para el momento. Y digo inocente, ya que las respuestas fueron de toda índole y características, pero de común acuerdo en que yo era medio bobo. Y todo ello puesto que me hubiera podido comprar una televisión nueva por un poco más. Pero no una televisión nueva como la reparada, no. Una con tdt, smart tv, hd, grabador, hi-fi. Y más grande, claro. Pero yo no quiero otra televisión, fue mi defensa ante aquel ataque sanguinario. Otro error. Las miradas de compasión por ser medio bobo, dieron paso a las risotadas más descaradas. Las sugerencias se convirtieron de pronto en burlas dañinas, que comparaban mi caso en una demostración palpable de que soy un tacaño.
OBSOLESCENCIA PROGRAMADA
Con mi ego todavía dolido, esa misma noche pude ver (sí, en ese televisor reparado) un documental sobre la obsolescencia programada. Y como unos acuerdos empresariales hacen que las cosas se fabriquen para durar un cierto tiempo. Todos recordamos como antes las televisiones y cualquier otro aparato, se utilizaban de manera fiable durante años y años sin que tuviesen problema alguno. Quién no recuerda esos vehículos que duraban un montón de años sin averiarse. Quién no recuerda esa lavadora que estuvo en tu casa cuando eras niño y que todavía es utilizada por tu madre. Y todo se debe a que ahora las cosas se hacen para que duren poco.
ACTITUD
No me canso, ni me cansaré, en reclamar que el movimiento slow se puede aplicar a todas y cada una de nuestras situaciones. Ayudándonos a mirar con otro enfoque todo lo que acontece a nuestro alrededor. Está claro que seguir una actitud acorde con el movimiento slow no va a impedir que la televisión se estropee, o que la bombilla se funda.
Ahora bien, si pensamos en la actitud de las empresas que producen artículos de consumo, nos damos cuenta cómo nos moldean. Como las grandes corporaciones intentan mediatizar nuestras vidas para hacernos consumir. No se contentan con construir grandes centros comerciales en los que puedes pasar las 24 horas del día consumiendo. No están satisfechas con sacar productos mucho mejores y más bonitos año tras año, haciendo que algo nuevo se convierta en viejo en meses. No. Todavía quieren más.
Haciendo un aparato con una vida útil corta, las empresas se aseguran de que, aunque seas un verdadero manitas, tengas que cambiarlo a los pocos años. Y esto es así por que de esta manera consiguen que la gran estrategia del consumismo continúe, sin darse cuenta de que no puede ser para siempre. Quizás es que no les importe nada más que el presente. La cuenta de resultados presente, justifica la ruina de mañana.
Qué decir de los desechos. ¿Dónde van? Quizás a un sitio donde nadie (que consuma claro) lo vea. Y así pensamos que los aparatos viejos (que no rotos) desaparecen sin más. O mejor, no pensamos en ello y así no hacemos preguntas estúpidas.
Ante ésto, una actitud que nos lleve a conservar lo más posible los aparatos que nos prestan servicio. El tener sólo aquello que nos hace falta. El volver al taller de reparación pequeño donde el manitas arreglaba todo tipo de utensilios. El compartir entre varios herramientas tales como los ordenadores o las impresoras.
No hay nada infinito.
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